Sintió un escalofrío que le recorrió el bajo vientre y la entrepierna, cuando entró al callejón lodoso de luces mortecinas, y una sombra se proyectó a su lado. "Es mi sombra", y siguió adelante, en el mismo momento, en que la sombra levantaba el puñal.
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Siempre le había gustado ese hombre. Lo presentía-cada vez que lo veía entrar al Bar de las Bacantes del viejo muelle del puerto-
con unolor y sabor a mundo. Decíanunas malas lenguas que había sido capitán de barco, de esos que transportan carga por los cinco mares,maman ron hasta perder la conciencia, y tienen una mujer en cada puerto que pisan, y otras no tan buenas que les hacía el amor a sus mujeres sin sacarle punta:! un torazo!
A ella le encantaba su piel tostada por el sol,como la de los beduinos del desierto que veía en los documentales de la Channel televisión, cuando se cansaba de las telenovelas mejicanas y venezolanas, que como las novelitas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, y las de amor de Corín Tellado, eran cortadas por la misma tijera.
Era tan fuerte el deseo de la mujer por estar con el hombre, que noche tras noche lo soñaba montándola con pericia y traspasándola con su miembro descomunal. Una mañana después de esas noches salaces, la mujer amaneció con escalofríos, y las cobijas empapadas en sudor. Pensó que era fiebre, y el principio de alguna de esas virosis que estaban dando y terminaban en el dengue que tenía en cama a tanta gente. Pero, cambió de opinión,cuando se quitó su pantaletita de blanca lencería, y sintió ensu sexo húmedo,ese inconfundible olor a orgasmo.
La mujer que se había ingeniado lasmiles de estrategias para estar con el hombre, y había fracasado sin remedio, porque éste ni siquiera la miraba para darle la hora, bastó que ella entrara una noche al Bar de las Bacantes, con sus compañeras de trabajo, despuecito de las seis de la tarde, para que él se fijara en ella, y la sacara a bailar el JuanitoAlimaña, en la voz de Héctor Lavoe. La mujer no podía salir de su estupor, menos cuando el " inquieto anacobero, Daniel Santos", trepidaba "ahí está la pared/ que separa tu vida y la vida..." , y el hombre la fue juntando a su cuerpo sin violencia, y ella como frágil algodón se dejó llevar, sintiendo en el bajo vientre el cosquilleo de la bragueta de él hinchándose en el deseo.
Al rato, ya estaban en la casa de las alcahuetas de las Sáenz, que quedaba por el sendero de piedra, ahí donde termina el muelle. El hombre enfebrecido por el deseo fue el primero en desnudarse. La mujer sólo pensaba en el momento en que brotaría del calzoncillo del marino de leyenda, su viril y descomunal miembro, y el hombre le hiciera el amor como siempre había deseado. Pero del calzoncillo del hombre no brotó ese miembrogigante que había disfrutadoen sus sueños. Era pequeño, como de enano, pensó la mujer, y no supo si reirse o hacerle un chiste al hombre sobre su liliputiense miembro. Sólo atinó a ponerse la ropa, y cuando ya salía, se volteó y le dijo al hombre, que estupefacto se tapaba con las manos su
sexo: "a la dicha siempre, algo le falta"
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