Tras el Cine: Los colores de la montaña

MANUEL
Tras el Cine: Los colores de la Montaña
El cine colombiano tiene tela de donde cortar, si se trata de poner en cinta la historia del país,naturalmente, desde la dramaturgia para la pantalla grande. Y eso, es lo importante, que asì como ocurriò con el teatro, que a partir de la década del setenta, asumiò el reto de hablar del ser nacional, en un contexto de conflictos, luchas polìticas, confrontaciones sociales y populares, que se fueron generando para mejorar las condiciones del individuo y el ser colectivo, el cine le apostò a un cinematografìa, al igual, que hablara de lo nuestro, una forma de adquirir un lenguaje y tono cinematográfico, reconocido en esa mixtura de habla e imagen: verbo-icònica.

Manuel, Julian, y "pocaluz"
Una constante en el teatro y el cine, ha sido la violencia. Ella indicia la Conquista y el coloniaje español; las luchas de emancipaciòn, las guerras civiles, instaurada la República en el XIX, la lucha de los partidos históricos (Liberal y Conservador) en la primera mitad del siglo XX; la de la insurgencia en la segunda mitad, y la del paramilitarismo-insurgencia en este XXI, cuya finalidad se centra en la tenencia de la tierra. Ese destino violento, que como la tragedia se ciñe en el devenir humano de los dramáticos griegos, ha acompañado el sendero de la historia colombiana, con esa persistencia infausta de la maldición de un huevo de basilisco.
Por eso no extraña, que una película, con un título que connota vida (quizàs el director lo haya adoptadado para hacer más notoria la paradoja), Los colores de la montaña, se asome más a la tragedia, al dolor que la tierra ha venido sembrando en un país como Colombia, no sólo para desarrollar sus instituciones, sino para ponerlas al servicio de causas de exclusión, y el mantenimiento de privilegios de sectores con poder económico, ese que siempre ha dado la tierra, y generado enormes diferencias sociales.

DIRECTOR: Carlos Cèsar Arbeláez
Los colores de la montaña, del director colombiano, Carlos César Arbelàez, va màs allá, a pesar de que la crítica la haya querido enmascarar en la camaradería de unos niños campesinos(Julian, Manuel,Genaro,y el albino "pocaluz") que estudian en la escuelita veredal, y tienen el sueño del fútbol, y lo ven lejano cuando el balón, que le habìa regalado a Manuel, su papà el dìa del cumpleaños, rueda a un plan sembrado de minas quiebrapatas por los alzados en armas. Por eso, se valen de diversas artimañas para rescatar la pelota, sin ser afectados por alguna mina, pero no lo logran, mientras como transfondo el director mueve la violencia, màs sugerente que explìcita: los campesinos viviendo el drama de blindarse contra el conflicto armado, en el cual los quieren involucrar. Los que escapan a la muerte, saliendo de prisa con sus familias, hasta la maestra que ha pedido respeto por la escuela, para que allì no se hagan reuniones, y pinta un mural con sus niños, para borrar las consignas polìticas y de muerte de los sectores armados dejadas en una pared, es amenazada por eso, y tiene que salir a toda prisa de la vereda. En los niños que huyen con sus padres, y los que se quedan, el director refleja la tragedia de desaparecidos y desplazados, por la tenencia de la tierra, historia cìclica, rediviva, que ahora vuelve a generar la violencia en el campo.

"Pocaluz", Manuel y Juliàn
Oportuna la película, ahora que camina la ley de reparaciòn de las vìctimas y familiares de desaparecidos, huyentes de una guerra que desarraiga, al campesino que ha tenido como identidad y querencia la parcela rural, puesta en la película, en esas montañas andinas bellas del Viejo Caldas, que el director en planos abiertos, las agarra, para hacer de ellas, otro protagonista de una historia donde el humor, el habla rural , los dichos, y unos actores naturales, nos recuerdan sin escenas explícitas, de una violencia que pareciera haberse agarrado como lapa a los pies de paìs, para llenar de horror y muerte el campo colombiano.
No extraña, entonces que Los colores de la Montaña, haya sido laureada en festivales de estatura cinematogràfica como los de San Sebastiàn y Cartagena, por la capacidad dramatúrgica, para, a través de la ingenuidad de unos niños, como contraste, como paradoja, hablar desde la alegoría la alegorìa de una violencia que desarraiga, desplaza, mata y asesina.
