Entre tangos de despecho
La sangre escarchada en el tiempo,hecha película sepia en la pared del sótano;aún en las noches donde un silencio de luna duerme,se escuchan los !ayes¡ de la mujer, asordinados por un tango
de despecho:
"Gata, como un arañazo.
Hieres mi amor inconsciente.
No merecés ni el balazo.
que un hombre decente te acaba de dar"*
*Tango, Anoche a las dos. Letra de Hoyos y Cayol
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La de concha de líquenes y algas.
Cuando recalo en su canal salino
el mar se hace espuma en mis deseos.
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Le quedaron debiendo el Nóbel a Carlos Fuentes,como a su paisano Juan Rulfo, al igual que a Borges, a quienes quizá nunca les importó, porque su afán antes que el renombre que da este galardón, estaba el de escribir. Y la literatura es eso, escritura entendida como un ritual integral, que apropie liturgia y rito, no basta la forma señera, por no decir el preciosismo en la palabra tejida, ni el sólo contenido en la construcción de un texto, me recuerda Manuelito, mi filósofo de cabecera, y estos autores traídos a colación, han sabido interpretar ese espíritu del buen escribir.
Con Carlos Fuentes, asombra esa capacidad de trabajo. A los 83 años de su muerte, no lo sorprende esta rendido, sino produciendo, revestida en una úlcera gástrica. Crítico y polémico, pensador juicioso. Su relación con la diplomacia, y el provenir de una buena cuna, no lo ganaron para situarse en la línea de los que lo han tenido todo, y soslayar a los sin fortuna. Por el contrario, su rol político y gran parte de sus ensayos, encararon las políticas de favorecimiento de los privilegiados, y la misma concentración de la riqueza, pero es su literatura que se manifiesta como una amplia panoplia en la novelística, los cuentos, la dramaturgia y la cinematografía en el campo de guiones, la que le da estatura.

Lo primero que leí de Fuentes fue La muerte de Artemio Cruz, esa agonía prolongada de un industrial y político que a medida que espasma en su camino hacia el abismo definitivo, memora su vida corrupta, la manipulación del poder para su pelecho personal, posturas que desdicen de las ideas justicieras de los tiempos en que participó en la revolución mejicana, y que una vez en el gobierno, las traiciona. No me atrevo a decir que es la novela más destacada de Fuentes, a pesar de los críticos, pero si la más lograda, porque hace universal, un tema que prácticamente arraiga en los gobiernos latinoamericanos, no importa si son democráticos: la corrupción y el provecho del poder para el enriquecimiento personal.
Méjico está presente en la obra de Fuentes, pero es como si hablara de latinoamérica, cuyos pueblos surgieron de un tronco común: la liberación de España, esencialmente, con la mala fortuna de heredar ese espíritu de la componenda, el arreglo por debajo de la mesa, la mordida, y otras formas nefastas de deshonestidad en el ejercicio del gobierno, que fueron muy peculiares en la Colonia.

Los años con Laura Díaz, ha sido de las novelas de Fuentes, que no hacen parte de su primera etapa, la que mayormente me ha ensalmado. La escritura de esta novela tiene carnadura, porque escrita a manera de un fresco o mural mejicano, se observa el desarrollo de Méjico desde los tiempos de la revolución mejicana, hasta desembocar en la era del auge del muralismo con Diego Rivera, y su relación tormentosa, con Frida Kahlo. Manuelito, mi filósofo, me recuerda, que a Fuentes con esta novela, le hubiera bastado ese amor de Dieguito y Frida, con postura de cachos de por ambos, para escribir una buena obra de teatro picaresca, que de antemano, aseguraba una asistencia con lleno de palcos.

Se van, con la muerte de Carlos Fuentes, quedando solos García Márquez y Vargas Llosa. Nadie olvida la explosión del boom, esa especie de movimiento literario artificial que crearon las editoriales españolas, para vender la literatura latinoamericana en Europa, cuando emergen unos escritores rupturales, aplicando técnicas cinematográficas, el flash back, el retrotraimiento del tiempo, el descalabro de la narración lineal, el monólogo interior, en esa aventura y riesgo que es escribir la novela.

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Desde el desierto del abandono, un viejo danzón de desamor le recuerda que un clavo saca otro clavo, y sus ojos se enredan en la mirada de la mujer sentada en la barra. Esta noche, la mujer será luna encendida en su lecho.
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En la noche se siente la distancia
no importa cuán cerca o lejos palpite el corazón
El silencio es una punzada en cada nervio,
un gong rompiendo el alma en cada batacazo,
y es en ese instante que la angustia te reclama
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