
Te busqué
en la hoja de mis recuerdos
y no estabas.
Tampoco en
aquella servilleta
donde escribimos
el poema de nuestras pieles ardidas,
al alimón.
Tampoco estabas allí,
en el oscuro desván,
donde apretabas
tu boca contra la mía,
cuando necesitábamos
de unos besos,
que borraran las ansiedades del día.
No te encontré
tampoco,
bajo la sombra
de la ceiba centenaria,
donde te abrazaba,
y beso a beso
te desnudaba
con afán,
buscando adentro de tus carnes
esa marmita
de calor de tu sexo,
que me hacía sentir vivo.
He entrado al viejo bar,
y ahí tampoco estabas.
Vacía está la barra
donde te sentabas,
y esperabas
a que llegara,
haciéndome un lugar al lado tuyo,
para cantar
con la melancólica guitarra
del barman, la canción de Serrat,
que tanto nos gustaba:
"la mujer que yo quiero
no necesita
bañarse cada noche
en agua bendita..."
!Cómo me duelen las cosas,
tan tristes,
tan solas de vos¡
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Esta noche no hay luna
se ha escondido,
al ver la belleza
de tu cuerpo de alabastro
incendiando las pasiones.
De espaldas,
observo
como te peinas
la negra cabellera.
Crenchas azabaches
llegan hasta tus nalgas,
lunas rotundas
sobre el diván
aterciopelado.
Por el espejo me espías,
tiemblan mis manos,
se templa mi vientre,
cuando te vuelves,
y tus pechos generosos
saltan
como liebres
ante mis ojos.
Dejo caer la mirada,
y voy hasta tus piernas,
ahora abiertas
en l80 grados,
dejando ver la oscura pelusilla
que encañona en tu pubis.
Vibro como una campana
pulsada por el viento,
cuando me acerco a vos,
te doy un beso
que muerde tus labios.
Enrosco mi lengua
en tu boca,
y la tuya se confiesa con la mía.
Avanza la noche,
y crece la ansiedad.
Busca mi boca la caverna de tu sexo,
y eres humedad,
salina y viscosa,
cuando anuncias,
que pronto vendrá la tormenta.
Entonces,
estoy adentro de vos,
soy ballesta,
yatagán,
florete,
puñal,
cimitarra,,
sierra,
que rompe la burbuja
de tus deseos,
y los junta a los míos,
en una pleamar
de sueños satisfechos.
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Por vos,
me encarno
en viento,
para llegar
a tu boca,
tajo
tierno
y dulce,
que me roba
la calma.
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Él vio venir la mujer por el callejón desde arriba del balcón de la vieja casa, a donde se había recluído como un monje recoleto, después de que ella lo abadonó una madrugada, dejando las sábanas aún tibias. Era ella. Quiso bajar, pero el niño que corrió hacia la mujer y se trepó en sus brazos, lo detuvo. El niño alzó la mirada, y él observó que tenía su misma mirada de azules profundos.
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Hoy me he levantado
abrevando tus ausencias.
Abrazo ese espacio
donde debieras estar,
y sólo es eso,
un lugar sin vos,
donde mora
la ansiedad de tenerte,
y pone huevos de melancolía,
la angustia
de no poder darte un beso
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La mujer se quedó mirándolo con sus ojos fríos y acerados, y él vio en ellos, cómo el hombre de lentecitos de seminarista, y lengua de culebrero, que más tarde se treparía al lomo del poder, abría la caja de Pandora, y esparcía las semillas de esta puta guerra que nos está matando.
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!Qué importa¡
si he olvidado
tu nombre.
La esencia
está en tu gracia,
y en esa ansiedad
que provocan tus labios
de robarte un beso.
Nostalgia en do dolorido para Mercedes Sosa
Se fue un sentimiento,
y una razón de rebeldia,
hecha canción,
la voz dulce de Mercedes,
ahora susurro
en la copa de los árboles,
y guiño de estrella
a los marineros
en tierra,
nostalgiando en la puerta de
algún bar,
el último sueño,
la utopía no resuelta.
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Dile a la rosa
que en tu boca
también crecen
pétalos de besos.
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